jueves, 22 de diciembre de 2011

EL ARBOL Y LA NAVIDAD

Anteayer a la tarde veía desde mi balcón una nube gigante de humo negro espeso dibujar una pluma sobre la silueta de los edificios del centro. Al poner el telediario veo las imágenes del árbol de navidad porteño en llamas. Sea por accidente o vandalismo, en pocos minutos se consumió la estructura artificial que traía la navidad a Buenos Aires.

En sí el acto que se consumiera en llamas la estructura que representaba un árbol de navidad, la verdad es que no me provocó ni pena ni dolor. Me pareció que en sí el acto encerraba un significado mayor que aún como sociedad nos era desconocido. Sentí que en las llamas se consumía un viejo orden, y que la estructura de hierro humeante delineaba un espacio vacío en espera de un nuevo resurgir, como ave fénix, de un espíritu para llenarla. Quizás porque el arbolito comercializado al extremo me recuerda a las latas de sopa Campbel de Andy Warhol, su gloria es algo que siempre me escapa.

Sabemos que la tradición de decorar un árbol proviene de los antiguos germanos, quienes adoraban al dios Odín en su festejo del solsticio de invierno. Para ellos el árbol unía la tierra de los muertos (en sus raíces) con el paraíso de los Dioses (en su copa). Se dice que el evangelizador Bonafacio derribó el árbol de Odín (gesto de conquista sobre las creencias paganas) y en su lugar plantó un pino que representara "el amor perenne de Dios" mediante la muerte de Cristo. Este sería el árbol de la tentación de Adan y Eva. Al árbol se lo decoraba con manzanas y velas para representar el pecado y la luz de Cristo como salvación.

A veces me parece que la industria del consumo también derribó con su hacha tecnológica ese árbol del evangelizador Bonafacio y lo suplantó por uno artificial con lucecitas, para hacer de faro en la pista de aterrizaje del señor barbudo, de traje rojo que coloca los presentes de navidad.

Recuperando el simbolismo germánico podemos ver que los árboles son una antena que une el cielo y la tierra. Irónicamente los talamos, derribando así nuestras antenas del alma y las suplantamos con parabólicas que repiten nuestros mensajes desde el ombligo de la humanidad, quedando atrapados en esta especie de limbo que no tiene contacto ni con lo espiritual ni con lo material de la naturaleza. Jung nos dice: "Para la alquimia el árbol fue el símbolo de la unión de los opuestos y por ello no es sorprendente que lo inconsciente del hombre de nuestros días, que en su mundo ya no se siente en su casa y que no puede fundar su existencia ni sobre el pasado que ya no existe ni sobre el futuro que todavía no existe, recurra nuevamente al símbolo del árbol cósmico que echa sus raíces en este mundo y crece hacia el polo celeste.”

Me pregunto si no es hora que nos apropiemos nuevamente del árbol, desde sus raíces hasta su copa, desde su simbolismo hasta su sombra, quitándole a la industria del consumismo sus garras sobre nuestro tesoro.




Fuente: http://es.catholic.net/celebraciones/120/301/articulo.php?id=1780;
Jung, Carl G. Arquetipos e inconsciente colectivo